Un mensaje único de amor (continuación)

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Capítulo 19: Un mensaje único de amor

El mensaje de amor es el gancho en el anzuelo del pacto víctima-agresor. Y el cebo del anzuelo es Jesús. (En algún lugar de sus trabajos, C. G. Jung presenta un grabado medieval en madera que representa a Jesús descendiendo del cielo en un enorme gancho para demostrar que él era “el pescador de hombres”). El mensaje del “varón de dolores” es tan contrario a la condición humana que ha costado siglos de manipulación apologética para hacer que parezca medio correcto. En Más allá de la teología Alan Watts escribió:

Estamos espiritualmente paralizados por el fetiche de Jesús. Incluso para los ateos, él es el hombre sumamente bueno, el ejemplo y la autoridad moral con quien nadie puede estar en desacuerdo. Cualesquiera que sean nuestras opiniones, debemos forzosamente manipular las palabras de Jesús para estar de acuerdo con ellas. ¡Pobre Jesús! Si hubiera sabido la gran autoridad que se iba a proyectar en él, nunca habría pronunciado una palabra.

Y el proceso todavía continua. En un ensayo titulado “La paradoja cristiana: cómo una nación fiel permite que Jesús se equivoque”, el escritor medioambiental Bill McKibben (El fin de la naturaleza) dice de los versos de Marcos 12 que ordenan amar: “Aunque su poder retórico ha sido atenuado por su aceptación, ésa es una noción radical, quizás la noción más radical posible”. Si asumimos que esto es verdad, nos sentiremos obligados a hacer cualquier cosa imaginable para alinearnos con “las enseñanzas de Jesús”, creyendo que si seguimos su consejo la condición humana cambiará. Si nosotros, simples humanos, tenemos dificultades para poner en práctica su mensaje, tiene que ser por culpa nuestra. Si Jesús dijo cosas que son universalmente verdad y esenciales para vivir de la forma en que los humanos deberían vivir y malinterpretamos a Jesús, esto es ciertamente un grave problema.

Pero si Jesús mismo estaba equivocado, ese es un problema mucho más grave.

Mirad la historia y considerad todo lo que se ha dicho y hecho para demostrar que Jesús estaba en lo cierto, comparándolo con lo que se ha dicho y hecho para demostrar que estaba equivocado. Del segundo discurso no hay casi nada. Si existieron las refutaciones a Jesús, sin duda han sido destruidas como se destruyeron los escritos de los gnósticos. ¿Qué nos dice la casi total ausencia de contraargumentos? En la biblioteca teológica de la Universidad Católica de Leuven, donde a veces investigo sobre los escritos gnósticos o los Pergaminos del Mar Muerto, hay plantas enteras de largas pilas de libros que argumentan que Jesús tenía razón. El argumento gnóstico contra el Cristianismo que se conserva se puede encontrar en un libro: La Biblioteca Nag Hammadi en inglés. Es como encontrar un copo comestible de avena en un vertedero pestilente del tamaño de Alaska.

Solo la recopilación de escritos de los Padres de la Iglesia dedicados a refutar a los gnósticos –el dossier de la acusación– ocupa varias yardas de estanterías. Y la literatura patrística es meramente una fracción del total del discurso apologético y defensivo elaborado para probar que Jesús estaba en lo cierto. Tendemos a creer que Jesús estaba en lo cierto porque ha habido un esfuerzo tan monumental para convencer al mundo de ello, pero la extensión del argumento no es una prueba de su veracidad. De hecho, podría ser evidencia de lo contrario: un esfuerzo monumental para convertir a la mente humana a la mala fe de la humanidad traicionada.

¿Por qué es tan difícil refutar a Jesús? Bien, aparte de la sorprendente complejidad del complejo del redentor y la turbia patología del complejo víctima-agresor (representando ambos un desafío formidable para el entendimiento humano y exigiendo un ejercicio extraordinario de paciencia) hay otros dos obstáculos considerables en el camino. El primero es el problema planteado por “las enseñanzas de Jesús” y tiene varios aspectos complicados.

El mismo Jesús no escribió nada, así que las palabras que se le atribuyen fueron escritas por otras personas. Para confiar en que tenemos una crónica imparcial y precisa de lo que el Señor dijo, debemos confiar en aquellos que registraron sus palabras. Pero incluso si confiamos en Jesús, creyendo que él de verdad vivió y tenía un mensaje único para la humanidad, confiar en aquellos que escribieron aquel mensaje es otra cosa. Consideremos que su mensaje se encuentra exclusivamente en las palabras que se le atribuyeron, habitualmente impresas en rojo en el Nuevo Testamento. Extraed todos estos fragmentos y tendréis lo que se supone que dijo Jesús. Pero las enseñanzas no están solo en estas palabras. Está en todo lo que se ha dicho y escrito sobre estas palabras –a saber, la explicación de las enseñanzas–. Uno puede aceptar todo este material como una parte válida de “las enseñanzas de Jesús”. Pero con las explicaciones nos enfrentamos al mismo problema de nuevo: confiar en aquellos que las produjeron. Siempre estamos alejados de Jesús, dependiendo de los desconocidos que escribieron las palabras atribuidas a él y en toda la gente conocida que ha proporcionado un comentario de apoyo a esas palabras. En resumen, estamos en una posición de tener que confiar en lo que otros dicen para saber lo que dijo Jesús.

Ahora bien, hay una forma de evitar este problema. Asumamos que todo lo que Jesús enseñó, la esencia y el alcance de su mensaje, se puede encontrar literalmente en los pasajes impresos en rojo. Esto reduce la tarea considerablemente. No importa lo que se ha hecho con lo que dijo Jesús; si no podemos encontrar el mensaje esencial en sus propias palabras, entonces no estamos llegando a su mensaje en absoluto, ¿verdad? Incluso si no podemos estar completamente seguros de que la crónica textual es un relato verdadero de sus palabras, podemos proceder como si lo fuera. Entonces podemos mirar a las palabras mismas, al lenguaje, las expresiones, y ver qué tipo de enseñanza nos presentan.

Lo primero que este ejercicio nos revela es que hay poco contenido original en las palabras atribuidas a Jesús. El mandamiento de “amar a tu prójimo” no era original de los galileos. Se puede encontrar en el Levítico 19:18: “No te vengarás, ni sentirás rencor por los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”. Por la forma en que está expresado este mandamiento, se refiere claramente al conflicto dentro de la comunidad judía a la que se dirige. Su intención es impedir la violencia vengativa dentro de los límites de la tribu. La declaración, “Yo soy el Señor”, enfatiza que el mandamiento viene de un agente superhumano que ni debe ser cuestionado ni desafiado. No hay enseñanza aquí, es meramente un mandamiento dado a un grupo tribal particular para que se comporten de una manera determinada. Los mandamientos no nos enseñan nada. Tampoco Jesús enseña. Él meramente cita este mandamiento, pero luego, en otro contexto, lo modifica:

Habéis oído que se ha dicho, amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero os digo, amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os aborrecen y orad por aquellos que os ultrajan y os persiguen (Matías 6:43-44).

Ahora, al parecer estos versos realmente muestran la esencia original de las enseñanzas de Jesús. Jesús aquí refuta la ley del Antiguo Testamento del “ojo por ojo”, considerada en las sociedades paganas e indígenas como una solución perfectamente adecuada cuando se conoce al agresor. A menudo, se dice que el Cristianismo hace su mayor avance sobre el Judaísmo cuando niega la moralidad del ojo por ojo en favor del amor universal. Pero analizando lo que hemos aprendido del chivo expiatorio, sería inteligente escuchar atentamente lo que la víctima divina nos dice sobre la victimización en los versos citados. El gran avance moral que propone Jesús es una aprobación directa del pacto víctima-agresor: “haced el bien a los que os aborrecen”. Cuando este mandamiento se combina con la garantía de que el abuso y la persecución ganarán el favor del Redentor (“Benditos sois cuando sois perseguidos por mi causa”), las víctimas tienen la aprobación divina para ser objeto de abuso, incluso para invitar al abuso.

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