Dividir y convertir

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Capítulo 7: El alijo egipcio

El guión directivo del salvacionismo es el Nuevo Testamento, que incluye los Hechos y las Cartas de Pablo. En su desconcertante combinación de narrativa de cuento de hadas y retórica altamente teológica, el Nuevo Testamento formula y confirma la complicidad de la víctima y el agresor, ejemplificada por las tribulaciones de los judíos en el Antiguo Testamento. La complicidad implica un tipo de contrato en el pecado, con ambas partes quedándose cortas con respecto a las exigencias de Dios. Los agresores que causan daño a otros son obviamente pecadores, pero también lo son la gente a quien ellos lastiman, quienes bien pueden creer que están siendo castigados justamente por un poder mayor. El perjuicio a las víctimas se debe al mal que han hecho a los ojos de Dios. Para empeorar las cosas, la sintaxis retorcida del vínculo víctima-agresor consiente la dominación, la violencia, la agresión y el asesinato como expresiones de castigo divino. Aquellos que proclaman la voluntad de Dios de maneras violentas son tan justos como aquellos que sufren la violencia porque el vínculo prescribe y legitima ambos papeles. Un acuerdo que santifica la violencia y garantiza la virtuosa absolución de sus víctimas es difícil de superar. La tentación de las víctimas de convertirse en verdugos está siempre presente, aunque no todas las víctimas sucumben a ello. Aquellos que lo hacen se convierten en los líderes del juego de dominación.

La continuidad de los dos Testamentos, rigurosamente rechazada por gnósticos como Marción, asegura que los conversos al Cristianismo quedarán bloqueados en el síndrome víctima-agresor desde el comienzo. La doctrina del pecado no aporta a sus defensores una oportunidad de fallar: los convence de que ya han fallado, incluso antes de intentarlo. “Todos han pecado y no alcanzan la gloria de Dios”. Además, el sentido de haber fallado a Dios contribuye directamente al síndrome de víctima, predisponiendo a los creyentes a imaginar que el abuso y el daño que les acontece se debe a sus defectos morales. Si han sido lastimados es porque lo merecen. Es su culpa, pues por la voluntad de Dios están predispuestos a sufrir, castigados por su propio bien. El castigo por fallar en seguir el plan de Dios se inflige en algunas personas (las víctimas) por parte de otras (los agresores) que, con justicia, defienden el plan. Siempre y cuando la ideología de la redención se mantenga sin oposición, la patología víctima-agresor puede prosperar y permanecer oculta, usando las creencias salvacionistas como escondite.

La ideología de la redención podría no haber abrumado a los pueblos del Próximo Oriente, donde surgió, o extenderse a Europa y luego al mundo entero, si el vínculo víctima-agresor no hubiera estado operativo dentro de ella. En Europa y en las Américas, la resistencia natural de los pueblos nativos podría haberse opuesto a la doctrina del pecado. De hecho, la mente nativa dejada a su propia suerte habría considerado tales visiones tan absurdas como ridículas. Los paganos del mundo clásico que no se dejaron intimidar por el sistema de creencias judeocristiano, de hecho, consideraron aquella doctrina de esa forma. Pero la doctrina del pecado era convincente porque legitimaba la agresión bajo la apariencia de castigo. El mismo programa religioso que atacó las formas indígenas de vida y destruyó las normas y costumbres sociales indígenas, tornándolos en víctimas, les presentó una justificación preformulada para el papel de víctima, así como una garantía de que, al final, las víctimas prevalecerían. La inteligencia nativa carecía de la sutileza para ver que eran los agresores, la misma gente que estaba destruyendo su forma de vida, quienes les prometían que finalmente encontrarían la salvación a su condición de víctimas. Carecían de esta sutileza porque la cultura oral indígena estaba basada, en todas partes, en el mismo principio: honestidad, es decir, la coherencia entre las palabras y los actos.

La frase “divide y vencerás” es muy conocida. Sin embargo en este caso lo que se aplica es una ligera variación de esa frase: “divide y convertirás”. Para convertir a la gente nativa era necesario dividirlos internamente, separarlos físicamente, separando la palabra y la acción. Para los dominadores que usaban la religión redentora como una herramienta de conquista, la separación interna ya estaba operando. “El hombre blanco habla con lengua bífida”. Era “natural” para los colonialistas blancos romper su palabra y traicionar la confianza, decir una cosa y hacer otra, prometer amor y entregar violencia, predicar la amabilidad y practicar la crueldad. Este comportamiento no era una perversión del programa salvacionista, tampoco una aberración perpetrada por unos cuantos corruptos en nombre de Dios y del Salvador: era, y siempre es, la promulgación virtuosa y rigurosa de la Fe.

La religión salvacionista prevaleció porque entregaba lo opuesto a lo que prometía y al principio la gente fue incapaz de percibir la doble moral, y luego, cuando finalmente vieron esto, se encontraron a sí mismos enredados, confiando en ello para encontrar la salida a su difícil situación. La genialidad de San Pablo fue guiar la mentalidad esquizofrénica de los hebreos hacia una trampa teológica, prometiendo la gracia de Dios a todos aquellos que aceptaban los papeles del juego víctima-agresor, en ambos lados. Pablo mismo estaba en el lado romano, un doble agente, y luego en otros, como se ve en el profundo análisis de Eisenman de los Pergaminos del Mar Muerto. Es bastante posible que su conversión al credo de los zaddikitas se realizara para que él pudiera acceder a sus enseñanzas secretas y traicionarlos. La esencia del mensaje de Pablo refleja la traición y el engaño que produjo.

Los gnósticos vieron a través de la compleja trampa psicológica oculta en las doctrinas paulinas de salvación, pero los pueblos indígenas que carecían de experiencia con ese tipo de engaño o hipocresía cayeron víctimas de él una y otra vez

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